El terruño es… EL TERRUÑO. Pos qué caray! (Mi Coatzacoalcos querido…)
El terruño es… EL TERRUÑO. Pos qué caray! (Mi Coatzacoalcos querido…)
Desde “All my life”, con un Lennon nostalgiquísimo, hasta “Mi Buenos Aires querido”, pasando por un millón de canciones más, los compositores, poetas y novelistas, nos hemos encargado de honrar a nuestro país natal. A ese pedazo de tierra en que nacimos, o en que vivimos nuestra primera infancia. Ése que nos dejó el sabor del descubrimiento de la vida, del mundo primero que vimos, y de la sensación de pertenencia.
Carlos Gardel cantó sobradamente a los retornos al hogar, ya después de veinte años, ya en pensamiento. César Vallejo es autor de uno de los poemas más brillantes que se hayan escrito al respecto. Simplemente genial. (Aquél, el de la suprema imagen del caballo “asintiendo” que “…todo está muy bien“.)
Y la nostalgia del pueblo nuestro, aquél en que nacimos, no es privativa de escritores solemnes, que la hay también cantada por compositores más ligeros, pero no menos brillantes. El que dijo en inglés I left my heart in San Francisco…, supo -sin haberme leído- de qué hablo. José Feliciano le cantó al “…pueblo mío, que estás en la colina…”. Podríamos seguir horas, días, años, hablando del efecto de la tierra de uno en la mente y el corazón de los artistas. En la gente. Como James Joyce con su Dublín, y Cervantes, ligado a los lugares más emblemáticos de La Mancha.
Mi Coatzacoalcos querido, el petrolero, el tropical, el ancestral que se remonta a episodios de conquistadores españoles, y cortesianos, temerosos del arribo de la esposa Marcayda, es ejemplo de vigencia, de magia, de ambivalencias poderosas. El terruño no suele ser perfecto. Pero, en nuestra memoria, no hay ciudad que lo supere. Ahí, en Coatzacoalcos, nací; ahí viví mis diez primeros años, en una época en que las calles amplias y limpias, de camellones obligados, se vaciaban a las dos de la tarde, y en las otras horas permanecían casi desérticas; ahí patiné en el parque, en épocas más que de sol; ahí soñé con mi primera trompeta, de plástico, dorada; ahí observé, treinta y seis años después, entre las nubes negras de una tarde, un fabuloso arco iris doble, que fue, a la vez, promesa, disturbio, ensoñación y lástima.
Ahí nací. Ahí se va mi corazón de tarde en tarde, a ver crepúsculos rojos llenos de pichos negros, salvajemente escandalosos; ahí duermo en
ocasiones, estando lejos, y escucho aún los tambores selváticos de la lluvia apasionada sobre los techos de láminas de zinc. Ahí dejé también yo mi corazón. Ahí habré de volver.
Ahí, estando lejos de ahí, canté a sus imágenes atesoradas celosamente en mis entrañas. Canté en un poema, como supongo que todos cantamos, con palabras o no, con gemidos de añoranza, a nuestro pueblo. Aquél del que, con frecuencia pensamos, jamás debimos haber salido. No por tanto tiempo. Mi canto está aquí, y pienso será el canto de millones de pueblerinos que caminaron caminos sin regreso. Sólo habrá que cambiar algunos términos, unas calles, un par de nombres propios. El amor es el mismo.
Los que salimos del terruño para buscar nuevos horizontes, tardamos en comprender qué difícil nos será encontrarlos. Lo que buscamos quedó atrás.
Coatzacoalcos
I
La vieja Panamá
la Habana en Cuba
algunas calles de Santo Domingo
en la República Dominicana
una que otra subida de Valparaíso
cuatro calles de amor desvencijado
en el viejo San Juan en Puerto Rico
el barrio de La Lapa y muchos
muchos otros momentos de casas
baños de sol, entradas de edificios
y sombras y reflejos
y balcones y huecos de las tardes
más definidas y esenciales de Río
ese que responde al feroz apelativo
de “Ciudad Maravillosa”
me recuerdan mi pueblo eterno junto al río
-ese otro río que rascaron mis uñas
en los pedazos de pintura oxidada
de las casas directamente sobre el muelle
en aquella ribera triplicada
por la genial naturaleza
para darles espacios, materia prima
dimensiones
posibilidad para alabar a Dios
fervorosa y permanentemente
(en las maravillas de amor
de sus catafalcos industriales)
a sus aborígenes
y colonizadores-:
Coatzacoalcos.
II
Una lluvia sin fin
cuando los nortes
machacando como ráfagas
de ametralladoras
las láminas de zinc
unos viejos bebiendo dominó
a un grito del mercado
las tiendas de los chinos
y los árabes
la vieja escuela
un viejo cascarón de barco
semihundido
con dos gaviotas coronándolo
seis vagones de un tren
descontinuado
la casita con ramas
con el Jesús adentro
y una peregrinación infantil
de corcholatas
en noches de diciembre
cuando la luz de velas
-entre cantos eternos-
se transmutaba en limosnas
de la gente
los verdes y azules de las casas
el mercado viejo
las voces de las tecas
la escuela
para hijos de los petroleros
el silencio sepulcral
de las tres de la tarde
la calma chicha del que tiene
tranquila su conciencia
y la subida
de la colina que en su cumbre
permite la visión –casi-
de las costas de Texas.
III
A pesar del recuerdo rescatado
por los otros lugares que conozco
-que agradezco en el alma-,
esos tonos de savia en los colores
esa rabia fundamental
ese respeto
esa tranquilidad
hasta el mismo sabor de los ladrillos
no los he vuelto a ver
así, con profunda intención
con peso de verdad
en ningún lado
-ni en Panamá, ni en Río ni en Santiago-.
Sueño con practicar un día
la odisea mayor
de las mitologías del retorno
para volver a ir, entre pantanos
al sueño original.
Mientras,
agradezco a ese nombre
a los guardias de migración
de tantos aeropuertos
y a las complejidades
de las diferentes tierras
que me den la oportunidad de acordarme
de tanta riqueza de existencia
-cuando les deletreo lenta
cuidadosamente, con paciencia
el nombre impronunciable en otras lenguas:
“Ce” – “O” – “A” –“Te” – “Zeta”… no, no, “ZETA”…-
de todo lo que en esos instantes
de aclaraciones
va minuciosamente recordándoseme:
las farmacias de neón
con muestrarios de tarjetas postales
de colores fantásticos, inexistentes
las tiendas de abarrotes
monolíticas casi, con sus tres escalones
anchos, su mostrador de vidrios
y su papel de estraza
la culebra polícroma, gigante
en la base del Teatro al aire libre
la trompeta de plástico en la Casa-Castillo
la casa de las aguas de horchata
de semillas de melón, en la esquina del parque
en el que los domingos
la multitud enamorada daba vueltas
interminables alrededor del kiosko
para cerrar la noche, no muy tarde
comiendo chicharrón, carne de Chinameca
o en los tacos de cochinita pibil
donde el naranja, el morado, el blanco, el amarillo
barnizaban las manos y las bocas…
Y les digo a las autoridades
-satisfecho, complacido
por el recuerdo y orgulloso-
cuando acabaron de escribir en sus papeles
de ver en la computadora
y de sellar mi pasaporte
(y han hecho con certeza un comentario
sobre el nombre curioso de mi tierra)
que se está bien ahí
que es un lugar maravilloso
y a veces, si la ocasión me lo permite
y no hay gente impaciente por la espera,
les cuento un poco –incluso- de cómo era
y les cuento detalles
y les comento cosas
y les platico hasta de las serpientes
los matorrales y las cuevas…
————–
(El poema “Coatzacoalcos” está incluido en el libro DE LO PERDIDO, LO QUE APAREZCA / Sergio Andrade / Selección de Poemas / Editorial LITERALIA / 2006
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