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EL ESPEJO DE MIRRA (Parte I)

EL ESPEJO DE MIRRA    (Parte I)

Imagina un espejo

hecho a base de mirra

y tu voz reflejada

partida

en millones de gotas

mínimas

estructura de lágrimas…


Las modernas pantallas de cristal líquido, y aquéllas de los ordenadores personales, no son precisamente resinas olorosas, ni bálsamos curativos, pero tienen en común con la antigua mirra el que en alguno de sus ángulos podemos ver nuestro reflejo distorsionado y, a la manera de nuestros ancestros, les asignamos un grandísimo valor.

El aroma de lo que yo llamo los espejos de mirra, modernos, capciosamente valiosos en lo que atañe a la imagen nuestra que nos proporcionan, suele ser, la mayoría de las veces desagradable, pero ese es otro cantar, un elemento más para soslayar similitudes que  son más profundas de lo que imaginamos.

El hombre actual, entre prisas y presiones, aceleres y preocupaciones, ha perdido el gusto y el interés de mirarse en el espejo, cuando no sea para rasurarse el vello, exprimirse un grano y  acomodar su peinado; la mujer, para actos equivalentes o iguales. La causa de tal pérdida de interés radica en que el espejo común, que antes le proporcionaba al ser humano la sensación de otorgarle un porcentaje razonable de su identidad  en la forma de la devolución de su imagen, se fue perfeccionando con los siglos, volviéndose más pulido y preciso, menos distorsionado y distorsionador, pero a la vez, dando paso a los modernos espejos que le ofrecen al hombre mayores porcentajes de su supuesta identidad, en una mayor cantidad de lugares, y en abrumadora alta definición de pixeles. El resultado, en términos de percepción psicológica, no puede ser más deslumbrante, pero es, en  el fondo, mucho más capcioso, enajenante, deforme y opresivo.

El moderno hombre, la moderna mujer, y lo que resulta más dramático: los modernos niños y adolescentes, se miran reflejados en un espejo múltiple, que les ofrece tanto su imagen como la de sus congéneres; tanto su aparente realidad como sus sueños (sobre todo y especialmente: aquéllos que deben soñar); tanto su físico, como el perfil de sus pensamientos; y les ofrecen todo esto durante más tiempo y en muchos más lugares que lo que el espejo tradicional pueda ofrecerles actualmente; y se lo ofrecen no en el reflejo de las pantallas más o menos reflejantes de los modernos aparatos electrónicos cuando apagados, sino en las imágenes multicolores, altamente definidas, ubícuas y devastadoramente  atractivas, de la televisión, los juegos de vídeo y la Internet. Pantallas que más que ventanas hacia las imágenes del mundo, son espejos, pues no sólo le devuelven a la gente el resultado de sus acciones, sino un compendio y una consecuencia de sus datos, un reflejo de sus intenciones, una reproducción  sumaria y capciosa de sus rasgos, y un vislumbre inquietante de su supuesta personalidad.

Lo lamentable es que, con los modernos avances tecnológicos y el desarrollo de las redes sociales, el grueso de la imagen que el ser humano contempla en las diversas pantallas (a manera de ventanas), no sólo no es más ya la del mundo externo, sino -peligrosamente por encima de todo- la suya propia, al constituirse él, de mil maneras, en el centro y el sujeto de la acción, y también, patéticamente, no en lo que él es o supone ser, sino en lo que los demás le dicen que es y -lo que es peor- en lo que los demás le exigen que sea, y él acaba, o por querer ser, o por ser.

Es ahí cuando el espejo moderno se asemeja más, involuntariamente y  manera contradictoria, a  aquella mirra, presente de reyes: Puede uno alcanzar a ver pequeñísimos detalles distorsionados de uno mismo, en algunos puntos de su superficie, pero no deja uno de sentirse angustiado, sobrecogido, al distinguir en las formas del reflejo, en el fondo y como esencia del contorno y del entorno: la figura de las lágrimas.

(Y qué tiene todo esto que ver con Sergio Andrade, y específicamente con SERGIO ANDRADE y su Grupo?…Eso, en la PARTE II)

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