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EL ESPEJO DE MIRRA (Parte II)

EL ESPEJO DE MIRRA (Parte II)

La tragedia implícita en lo que llamo el espejo de mirra (aquél formado por las minúsculas gotas de información constante que recibimos actualmente por parte de los medios masivos de comunicación), y aquélla que más apunta a la percepción de la forma de las lágrimas en la mirra original, pues lo único que puede provocar a estas alturas de la nueva antigüedad del siglo XXI, es que el hombre de la calle no sólo ha perdido su identidad, sino que vive la equívoca ilusión de poseer una, de tenerla bien definida, y de que puede, con ella, impactar de manera significativa en la sociedad.

En la Edad Media no sólo no existían los medios masivos de comunicación, sino que, además, el reflejo de la personalidad del habitante común le estaba dado, físicamente, por las superficies líquidas o semi pulidas en que apreciaba su rostro y su figura, y -psicológicamente- por los comentarios de sus familiares y vecinos, por los chismes y rumores de la localidad, y por las noticias que llegaban a la misma en forma de cartas, de papeles adosados a la pata de alguna paloma mensajera, de manuscritos y edictos llegados de provincias y países más o menos lejanos, de escritos pegados a la puerta de las iglesias, e inclusive, de noticias vociferadas a voz en cuello en medio de la plaza o cantadas en los versos por juglares que intentaban perpetuar  actos o anécdotas atractivos para la comunidad. Las aldeas, los burgos, no eran especialmente opresivos -al menos psicológicamente y en términos de conformación de la imagen a través de la percepción de los reflejos personales- en razón de estímulos incidentes en el individuo, provenientes del exterior (excepciones honrosas, quizá, como aquélla de Lady Godiva y su muy particular cabalgata hacendaria).

En nuestra post-post-modernacaverna global” (que no aldea), el hombre de la calle, la mujer ama de casa, peor aun: los adolescentes, púberes y niños, obtienen la percepción de su supuesta personalidad en la forma de múltiples estímulos provenientes de los medios masivos de comunicación, de la información que proveniente de los mismos se las va conformando, y -lamentablemente y al extremo- de la forma equívoca en que ellos mismos perciben su propia capacidad para incidir e influir en el mundo exterior.

El post-post-moderno habitante común del planeta (ese mismo que vive en un primitivismo actualizado en lo referente a su desarrollo económico, a su poder adquisitivo, y a su función dentro de los esquemas de producción) vive diariamente y a cada minuto conformando su psique en función de las series de televisión, las telenovelas, CNN y los noticieros locales que reproducen sus fórmulas, los programas de concurso, los canales de vídeo, las revistas de alcance nacional y transnacional, las películas de Hollywood, el Twitter, y las “bondades” tecnológicas y alcances de la Internet. El hombre ya no es más a imagen y semejanza de Dios, sino a imagen y semejanza de los medios, de las imágenes que estos le imponen, de las conductas que le imbuyen, de los sentimientos que le dictan, y de la moda y arreglo que le imprimen física, mental y emocionalmente.

Pero el problema mayor estriba en la capciosa posibilidad que los medios le ofrecen al hombre masa, al tipo de la calle, de sentir que puede participar de manera significativa (algunos lo logran y ahí está el encanto del asunto: el dulce para el niño, la zanahoria para el asno…) en las actividades sociales, los actos colectivos, la toma de decisiones y la vida del mundo en general. Cualquier imbécil -ante la posibilidad de opinar sobre la guerra en Irak y colocar su comentario en alguna página del Medio Oriente-  se cree con derecho a opinar sobre el asunto y se embriaga de la sensación de poder que le otorga el alcanzar lejanas latitudes geográficas con un simple tecleo en su ordenador, en Tlaxcala; cualquier estúpido siente que él “es” todo: cronista deportivo, analista político, crítico literario o musical, y hasta diseñador de modas y técnico de  formaciones de Escuelas de Samba; cualquier deficiente mental cree -ante la posibilidad de “dejar su huella” en los modernos territorios de la información y marcarlos con sus orines verbales pseudorracionales- que sabe y entiende de qué habla (incluso hay páginas y servidores en los que algunos preguntan, otros contestan, alguien califica la “mejor respuesta” y todos viven felices en ese guiar de tuertos a los ciegos); cualquier inepto falto de talento puede grabar una canción, hacer alguna gracia, desvestirse, bailar parado de manos o  alcanzarse las orejas con la lengua, y subir su vídeo para verlo después, con orgullo desbordante,  colocado al lado de alguna interpretación de Scriabin, por Sviatoslav Richter, o de Brahms, por Radu Lupu; y cualquiera puede emitir comentarios (por Twitter o por los espacios destinados para ello en las diversas páginas de Internet) en lenguage babeante, más o menos (casi siempre menos) coherente, lleno las más de las veces de inmundicias y groserías, sobre cualquier cosa, y dirigidos a atacar o destruir a quien sea, amparado el comentador por la cobarde máscara del anonimato, nominal y fotográfico, en un acto legal y/o moralmente delictivo que le da la posibilidad de aventar piedras y esconder la mano, y salirse con la suya, en lo que es la última distorsión de la moderna “conformación de la personalidad”: aquélla que le da la sensación al sujeto de que es “él” el que comenta y expresa, cuando en realidad reconoce y expone públicamente su incapacidad para ser “él”, de manera sincera, real y honesta, manifestando su nombre y haciendo pública -verdaderamente- su persona.

Con el moderno espejo de mirra (conformado por miles de espejos omnipresentes y ubicuos, que nos devuelven una imagen de nuestra persona tan verídica y completa como la que nos daría el tratar de observarnos parándonos frente a una esfera de espejitos como las de una Disco), el hombre de la calle obtiene una irreal, deslumbrante, engañosa y distorsionada percepción de su personalidad, y una más irreal sensación, aun, de su verdadera función y capacidades dentro del núcleo social.

At the very top, los medios de comunicación, en general, en su actual modalidad de generadores incontenibles de utilidades y beneficios económicos, acaban siendo la cereza de este maloliente espejismo en forma de pastel falsamente aromático para consumo diario: aquello que tienen que informar, aquello que tienen que decir, sobre eventos y personas, no es más ya un ejercicio imparcial de análisis racional, sino la consecuencia de seguir los vaivenes del mercado y los intereses del control político, ofreciendo al pobre ciudadano, por una parte, lo que los poderosos quieren que escuche, y por la otra lo que los mismos medios quieren que vea y perciba, en función de aquello que les de más a ganar y les permita cerrar el año con un mayor reporte de utilidades y con una mayor cotización de sus acciones en las bolsas de valores.

Cada día, al levantarme, procuro evitar la irrespetuosa invasión de los medios y las atractivas tentaciones del conectarme a Internet, encender mi iPhone y mandar mis tweets, en un afán desesperado de poderme responder realmente: quién soy yo?

(Pero como resulta evidente que no lo logro, abordaré la imprevista  Parte III de esta entrada, para tratar de respondérmelo)

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