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El poco estilo de algunos dizque “buenos” restaurantes mexicanos.

Enero, tradicionalmente, para mí y mi familia ha sido época de paseos y salidas a comer. La razón es simple: El artista suele descansar cuando los otros trabajan, y viceversa. De modo que, cuando acaban las actividades decembrinas, cuando las tocadas y shows de Diciembre acabaron, y cuando todo mundo, todo paisano y mortal de oficio normal vuelve a sus casas y labores cotidianas, con el ánimo aniquilado por el cansancio de vacacionar…, nosotros sacamos la cabeza y nos lanzamos a los caminos y las carreteras festejando el tan anhelado descanso, la poca afluencia de vehículos y la mínima asistencia a restaurantes. Vivan los lugares sin muchedumbres sudorosas aplastándose y orinando las albercas! 

Así que Enero, para nosotros, entre otras cosas es mes de tours gastronómicos.

Soy ecléctico, lo mismo  consumo un tepache y unos tacos de cabeza, o de canasta en puesto ambulante (por allá, por la segunda sección de la Moctezuma), que una pizza grande de jamón, tocino y lomo canadiense en el Happy’s Pizza de Satélite, o ataco un Molten cake en Chili’s, o me dejo caer en uno de esos restaurantes donde los Porsches y BMW’s hacen que uno se sonroje.

Llegar a los tacos de cochinita pibil de “La Especial” -en Uruguay y Bolívar- y no encontrarse con una limpieza perfecta de paredes, puede resultar, hasta cierto punto, razonable, vas con tu familia y te atascas con un máximo de doscientos pesos (Mundet rojo incluido). Pero llegar a un restaurante fancy, o que tradicionalmente está considerado entre los mejores de la Ciudad de México, y tropezarte con situaciones, platillos y carencias que no deberían acontecer, resulta enfadoso y lo hace  a uno pensar que en el Valle de México hasta los restaurantes de “primer mundo”, son del tercero. Aquí, una mini guía de “lugares león” (por aquello de que no son como los pintan):

CASA REGIA (sobre Arquímedes, en Polanco).- El supuesto mejor restaurante de comida norteña en el D.F., te sorprende, un Jueves a las 9:30 de la noche, con que “…no tenemos riñonada“, y una cara compungida del mesero. Más, cuando pides el lechón anunciado en la carta como la especialidad de los Jueves y te dicen “...lechón ya no nos queda, sólo le podemos ofrecer tacos de lechón” (o sea, las sobras!) Agréguenle unos entremeses de frescura sospechosa y harán lo que mi esposa, mis hijas y yo hicimos: Pagar los entremeses y la bebida principal, e irnos a cenar a otro lado.

CAMBALACHE (Arquímedes, en Polanco, par de cuadras adelante del anterior).- Uno de los supuestos mejores restaurantes argentinos de la Ciudad no debería atormentarte con un sistema de sonido en que no sólo rara vez aparece un tango sino que, cuando lo hace, es para torturarlo a uno con una mala versión tanguera de Las Mañanitas(!). Tampoco debería servir uno de los peores spaghetti que puedes encontrar en restaurante alguno (sobre cocido, masudo, terroso y con un sabor parecido a consomé Knorr de cubito…), ni unas papas, fritas descuidadamente y no en su punto, ni unos canelones con salsas Bechamel insípida y  de tomate mal hecha, ni unos cortes argentinos de flaco sabor.

EL CABRITO ESPAÑOL (Lago Alberto, Colonia Anáhuac).- Un caso patético: el relleno de las empanadas (chistorra con queso, camarón,carne, etc.) FRÍO! (dentro de la masa caliente). Y, en un lugar donde la especialidad es el cabrito al horno, te salen con que no tienen riñonada de cabrito y te llevan una charola con las únicas tres piezas de cabrito que puedes escoger (deprimente cabeza seca del animal, incluida), pues son las únicas que tienen. (También aquí nos salimos para ir a comer decentemente a algún otro lado).

LOS GIRASOLES (Plaza Manuel Tolsá, calle Tacuba).- De mucha tradición y muy buen renombre, flaquea en su chile chicharrón, en sus burritos de cochinita pibil (que más saben a chilorio), en sus arroces de guarnición, y -lo peor- en el pollo seco, y duro de uno de sus platillos bandera (Sinfonía en Rosa Mexicano). Ah!, y en sus postres.

LA DESTILERÍA (Plaza Polanco).- También afamado y considerado como bueno, te atormenta con un sistema de sonido ensordecedor en el que ni siquiera oyes el sonido original de los videos de los televisores, y te avienta al reino del surrealismo más quintomundista cuando ves en las pantallas a Coldplay, Lady Gaga o Rihanna, moviendo labios, brazos y caderas al compás de algún bodrio de la Romo o de la Pau. Quererse comer ahí unos tacos adobados de arrachera, es la mayor de las decepciones; lo mismo, unos tacos de lengua dura (con sabor a soya) en tortillas duras, con salsa reseca (seguramente porque el líquido se le escurrió en las horas que tuvieron -antes de servir el platillo- la salsa sobre la tortilla, ahora más bien ex tostada, ya aguada…), y una milanesa de pollo (seguramente Bachoco!), empanada con una mezcla de tufo sospechoso (seguramente con huevo Bachoco!) y… bueno, mejor ni seguir. Es perder el tiempo. Caigo en la cuenta (que, por otra parte fue bastante alta para la calidad de la comida) de que dije “bodrio” refiriéndome a las canciones escuchadas, pero, por su significado académico, era mejor referir el término a lo que nos comimos.

SIR WINSTON CHURCHILL’S (Polanco).- Aunque con aciertos indiscutibles, como la atención personal, el gravy de la carne, el punto de cocción y el sabor de la misma, te encuentras con cosas que no deberían suceder en un restaurante de ese nivel: Una alfombra de apariencia muy sucia (seguramente -entre otras cosas- porque los meseros tiran al piso el cincuenta por ciento de las migajas de pan que recogen de las mesas), algunos meseros con librea tan cochina que parecía manchada del año anterior, un Filete Wellington (supuesta especialidad de la casa) no muy religioso que digamos (mi hija, la menor, adora ese platillo, y no pudo dejar de notar la carne poco sazonada, y la pasta del recubrimiento sospechosamente aguada por un gravy fuera de lugar), unos Yorkshire puddings tiesos y ahumados, un aguacate verde y duro, una mantequilla mediocre, unos croissants mal hechos y faltos de frescura  y unos postres que dejan mucho que desear. Cosas que no pueden pasarse por alto en un restaurante que te cobra $690 pesos por un roast beef, y $580 pesos por un aguacate con angulas.

Cuando llamamos para confirmar la reservación que habíamos hecho previamente por su página web, la persona al teléfono nos dijo: “No, no habíamos visto su reservación, es que hoy no vino la persona que abre los mails y maneja la computadora…”.

Lo dicho: Restaurantes que pretenden ser del primero, empantanados en los profundos lodos del tercer mundo de mi corazón…Ajúa!

Bon appétit!

————-Nota.-Las fotografías incluidas en este blog están totalmente protegidas en sus derechos de autor, y no se refieren a la comida ni a los lugares que se reseñan aquí. Son absolutamente independientes. Utilizadas sólo con carácter ilustrativo.

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