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La tan cacareada “democratización de los medios”: una linda historia tipo Santa Claus.

La tan cacareada “democratización de los medios”: una linda historia tipo Santa Claus.

No hay peor lucha que la que no se hace. Cierto. Pero no hay peor resultado, que el que se cree que se consigue. El poder del Estado (los poderosos que controlan el gobierno de un país), sea capitalista, socialista, comunista… o budista, estará siempre, prácticamente, por encima del poder de sus ciudadanos. El poder de los que controlan las situaciones en un país es tal, que no sólo dice a sus gobernados qué hacer y qué no hacer, qué lograr y qué no lograr, qué soñar y qué no soñar, sino también les da cuerda y los deja sentir cierta libertad, y luego se las jala y los retrae a la faldilla. Como perritos sacados a que caguen, pues. La máxima demostración de cómo los que las pueden controlan a sus súbditos, está perfectamente ejemplificada en la forma en que nos permiten, a nosotros los pobres, soñar con que tenemos una rebanadita de la pizza, una pizcacha del poder. Cuando, en realidad, no hay tal.

En todas las épocas han existido -más o menos elaborados, más o menos lógicamente estructurados- medios de información, y de comunicación. Y en todas las épocas ha existido una dicotomía elemental: los medios oficiales…, y los medios alternativos o rebeldes. Palomas mensajeras, radiodifusoras piratas, cantores de corridos en plazas públicas y cantinas, entre otros, han formado parte de esas vías de comunicación que surgen en el substrato como un contrapeso para liberar al pueblo de las condiciones opresivas del sistema político gobernante y de sus medios “oficiales” de enajenación.

El problema se presenta mayor que nunca cuando las características y propiedades de los nuevos medios de comunicación permiten pensar, y hacen creer, al ciudadano, estudiante, obrero, peatón, que son una posibilidad real de manifestarse, de expresarse y de tener verdaderos voz y voto, e influencia, para la defensa real de sus intereses y la transformación social a su favor. Con la aparición de Internet y las redes sociales, la algarabía de los peatones llegó al máximo, y nació en sus castigados corazoncitos la ilusión de que, por fin, los medios se habían vuelto democráticos, estaban ya al alcance y las manos del pueblo, y paparruchadas por el estilo. Que ni la historia del tal Santa Claus.

Las detenciones de Assange, el creador de wikileaks; de Kim Dotcom, de Megaupload; el cierre de múltiples sitios cuya finalidad era compartir libremente información y obras; la solicitud judicial de datos personales de twitteros cuyos tweets van en contra del sistema, y el cierre de cuentas como la de Anonymous, en Twitter México, nos demuestran claramente que no había por qué echar campanas al vuelo. Las mafias del poder contratan de manera creciente a expertos en informática, enamoran a competentes hackers con sumas millonarias y crean departamentos específicos para participar más, mucho más que activamente en la red, todo, con el fin de dejarnos en claro que la luna de miel se terminó. No más libertad, no más posibilidades de juicio crítico ni de protesta. A fin de cuentas Jobs, Dorseys, Gates, Zuckerbergs y similares, pasan rápido de ser elementos de la vanguardia y la alternancia, a multimillonarios de los 500 en Forbes, con muchos intereses que cuidar, puestos ya al servicio de los ricos y poderosos que parten el queso en un país, y en el mundo.

Como siempre, a lo largo del tiempo y de las luchas sociales, a los elementos contestatarios, rebeldes y subversivos del orden de explotación establecido, no les quedará más que buscar nuevos medios y actuar subrepticiamente en los ya existentes. Los incautos y tiernos twitteros que se exaltan sólo de sentir que tienen la posibilidad de decirle ssus verdades a Calderón, a Peña Nieto y a Salinas de Gortari, seguirán haciendo sus pataletitas y creando sus ocurrentes frases con la falsa seguridad de que están siendo escuchados y de que contribuyen al cambio pero, en realidad, sin efecto real alguno.

El poder, una vez más, y como siempre, vuelve a vencer.

El que una red social, por orden judicial deba proporcionar datos personales de un ladrón o un asesino, se justifica por sí solo. El que lo haga respecto a usuarios que pretenden ejercer su más mínimo derecho de expresión, es un absurdo ejercicio del fascismo. En una supuesta democracia todos deberíamos tener el derecho de expresar verbal y literalmente nuestras expresiones y críticas, sin temer a consecuencias que enajenaran nuestra libertad ni nuestras acciones y, mucho menos, nuestra integridad física. Ilegal no debería ser señalar a un gobierno sus correcciones e injusticias, ni citarse con otros ciudadanos para el ejercicio del elemental derecho a la manifestación de inconformidades; ilegal debería ser cerrar una cuenta de Twitter por ciertas opiniones ahí vertidas, o salirnos, como Apple, con que nosotros no compramos en realidad contenidos musicales, literarios, etc., sino únicamente el derecho a autorizarlos mientras vivamos. Ya los ciudadanos españoles han empezado a protestar activamente contra esa pendejada de la empresa de la manzanita, de venirnos a salir con que, al morir, los contenidos de nuestras adquisiciones (compras) regresan a ellos y no son un bien que podamos dejar a nuestros hijos y descendientes.

Ya decía yo que esa mordida en la manzana tenía algo que ver con el pecado mayor en su sentido más pleno: la explotación del hombre por el hombre.

Creer que la tan cacareada “democratización de los medios” es real, viene a ser como creer que este Diciembre, Santa Claus me traerá mi Lamborghini Aventador rojo brillante, con iPhone 5  y GPS de última generación, integrados.

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