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Escribir, es de solitarios? O de lobos? (Reflexiones sobre dos martirios)

Escribir, es de solitarios? O de lobos? (Reflexiones sobre dos martirios)

2010-10-05 09.19.51Cuando haces algo por no saber hacer otra cosa, bien. Se explica. Cuando lo haces porque se te hizo vicio y requieres de tu dosis acostumbrada, más aun. Lo molesto -y curioso- es cuando sabes hacer muchas otras cosas, y no requieres realmente hacer ese algo a cada tanto, pero permanece ahí, al acecho, dejándose caer sobre ti en cualquier momento. Irreductible. Inevitable.

Para los entendidos, se llamaría pulsión. Pulsión -en este caso, el que me ocupa- de escribir.

Escriben -según dicen- los solitarios. Los que, por ello, tienen el tiempo y las motivaciones para hacerlo. Puede ser cierto. Un hombre con millones en el  bolsillo ( y en el Banco), con dos Maseratis y un Lamborghini en el garage, una mansión en la campiña toscana, un Gulfstream G550 en su hangar privado y cuatro modelos de Victoria’s Secret acompañándolo en sus correrías, difícilmente se sentirá compelido a meterse en una habitación para seguir escribe…y escribe… Sí, ya sé que aun sin los millones, un hombre puede hallar el modo de vivir relajadamente, celebrando las conversaciones, los días de campo y los recuerdos. Pero llega el momento, inevitable, de dejar eso para sentarse a escribir. Verdad, Marcel Proust? Otros, quizá, los haya que escriban por escape. Entre salir a ganarse la vida para sacar a flote a la familia muerta de hambre -siendo explotado por ello mismo, y mientras lo consigue, en el camino- o quedarse encerrado reconstruyendo el mundo a la manera de uno, y escapando, de paso, a la cruda realidad… mejor esto último. O no, Carlos Marx?

Eso de reconstruir el mundo -que no el construirlo, pues de ello se ocuparon los Dioses hace tiempo- viene a ser razón suficiente para escribir en cualquier lugar, tiempo y circunstancia. El que escribe, se Zproustabstrae del entorno y define mágicamente los términos y límites de aquel mundo en que quiere vivir. Ahí, sus galanes soñados son los príncipes heroicos de la historia; sus castillos son la morada protectora que querría en su vida frágil, vulnerable; sus acciones tienen el brillo, la solidez, que su miserable existencia apenas sueña en vislumbrar. En uno de mis poemas (*) digo:

Yo escribo para hacer

la parte del mundo que me falta.

Lo que más le falta a la mayoría del ser humano, es compañía. Y eso, por el simple hecho de que la soledad es gen, marca, impronta, sello y sino. El ser humano, no matter what, nació para saberse solitario. Hoy, ahora, aquí, en estas matinales horas en que afuera de mi casa las aves tropicales cantan rebotando sus trinos contra el azul intenso de la bóveda celeste salpicada entre nubes blancas, escribo. La familia duerme. Un perro obsesionado ladra a los cohetes festivos, a la distancia. Algún auto desgarra con sus emanaciones el escape al intentar subir la loma de los cactus. Yo escribo. Necesite, tal vez, sentirme acompañado: por mis sueños ahora, por mis heroínas; más tarde -lo imagino y me relamo los labios- por ustedes, los lectores de este blog, que no me dejarán morirme solo. Hoy, al menos, no.

ZalhambraPero he tenido ya tiempos en que viajé con diez novias por el mundo. Tan solo los oficios amorosos de mantenerlas contentas, satisfechas, me colmaban las horas. Y los trayectos por carreteras, las llegadas a los pueblos de España, los check-ins , las comidas y degustaciones de una buena rabada, un buen Rioja, y las visitas a Museos y Escoriales, completaban mis días. Aun así, al lado de La Alhambra inclusive, me venía esa necesidad imperiosa, obsesiva, impactante, de decir: Permítanme un rato, voy a escribir un poco, pónganse a ver televisión, váyanse a dar una vuelta por El Generalife, luego nos vemos… Alguien podría decir, no sin cierta razón: Bueno, en La Alhambra a cualquiera le llega la inspiración! Pero lo mismo me ocurría a la mitad del Paseo de la Castellana; cruzando entre dos esquinas de la Rua Augusta, en Sao Paulo; degustando una rabada cordobesa a unas cuadras de la Mezquita y el Puente Romano, o comiéndome un choripán en la Villa Carlos Paz, junto al Lago San Roque, en Argentina. O al andar por cualquier callejón, en Cuernavaca. De modo que, aunque el lugar pueda influir una cierta inspiración (odio esa palabra y lo sobrevaluada que permanece en la mente de incipientes escritores) en el sujeto, los mecanismos del origen de la creación literaria han de obedecer órdenes más imperiosas, íntimas.

Otros podrán argüir que la compañía física y los acostones no curan de la soledad a nadie. O no necesariamente a todos. Gran razón, que la soledad pega más fuerte cuando incurrimos en mares de personas, incluso cuando el abrazo es más íntimo, pretendidamente acogedor. Pareciera que el solitario se complace en sentir a fondo su soledad. Y en escribir.

Pero escribimos también, quizá, por razones mayores, motivos de la especie humana, ornamentados, civilizados y sublimados por nuestro supuesto avance por los senderos de la racionalidad, pero muy animales, al fin. Marcamos, como las aves, como cualquiera Erithacus rubecula, como los cánidos, como los lobos, nuestro territorio. Nuestros territorios, que en eso de inventar y reconocer espacios nos las gastamos como ninguna especie terrenal -según dicen-. En lo físico, en lo psicológico, en aquello supuestamente intelectual, en las emociones reconocidas (y en las ocultas a nosotros mismos), en todos los niveles y espacios de racionalidad e intuición que con los siglos nos hemos ido construyendo, solemos marcar específicamente nuestro territorio. Este es mi espacio, éstos, mis rumbos; por aquí caminé, estas brechas he abierto; aquí vivo, aqueste es mi universo…yo ya anduve caminos señalados por otros, pero a mi modo. Caminen como yo de aquí en delante. Este es mi dominio, mi reino; estos mis alcances.

Todas ésas, frases implícitas en el oficio del que escribe. Y definen, todas ellas, el acto de escribir, mejor que muchos otros planteamientos motivacionales. Pero, en el fondo, ya como recurso paliativo de la Zdédalosoledad inmensa, o fruto del comportamiento animal más profundo en nuestro ser humano, ambos, confluyentes efectos a la hora de escribir, representan martirios. Somos testigos, y damos a la vez fe de ello, del sufrimiento de existir, de sobrevivir, de interactuar con los otros animales, de luchar la lucha eterna, fugazmente ganadora, pero nunca plenamente victoriosa, del hombre: vivir muriendo. Escribir, es un martirio. Dejamos constancia de ello en cada línea, nos inmolamos al hacerlo; viajamos hacia el sol con recursos de Dédalo y acabamos muchas veces despeñándonos, como su hijo, en el trayecto. Pero eso no es culpa de la escritura. La escritura, gracias a Dios, queda, permanece. Toma vida propia, para dar fe de nuestros miedos, sueños y motivos; para dejar claro, clarito, cuál fue -o quisimos siempre que fuese- nuestro territorio; y para asegurarnos que, con algo de suerte,  en un futuro próximo o lejano, viviremos en los campos de los reinos que creamos y -ya si de plano andamos bien parados con la fortuna- siendo leídos por hermanos y no, claro que no, ya no tan irremediable y agobiantemente solos.

 

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(*) NOTA.- El extracto es del poema POEMA, del libro REVELACIONES / 2002 / Editorial PLANETA

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