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De cómo el cine nos transforma la vida, y las angustias de un escritor. (Parte 2)

Portada viviréEn veces…  en muchas veces… cuando la nostalgia se me carga -como ahora-, pienso en mi madre. Mi madre que, ahora muerta, se me presenta más viva que nunca. Será por las identificaciones de los años, por la vejez cercana, por la muerte prevista. Habrá quienes -abusando de sus mal comprendidas lecturas-. me tachen de Edipo no resuelto, de fantochadas por el estilo. Yo prefiero creer que resolví mis complejos desde siempre pues nunca fui ni fan ni amante de mi madre, más bien, fui un hijo detractor, rebelde, ausente en muchos puntos, campechano… (en el mejor sentido de la palabra -no se me ofendan, amigos de la buena tierra vecina de mi Golfo-).

De modo que me considero un hijo normal, sin mayores afectos escondidos ni amores no resueltos por mi madre (por mi “jefecita” -como diría “Mantequilla”, quien, al menos en el celuloide, parecía un buen hijo). Es sólo que la muerte acecha, a la vuelta de un parque, de un canal, de un puente viejo; en las retorcidas intenciones de los cuates, en la pasión de una amante malquerida. Y al pensar en “muerte”, me acuerdo de mi madre. No es fácil ver morir a nadie, las ligazones internas se distienden, se nos aparece el futuro, el vacío eterno, la sinrazón de esta maldita, efímera existencia. Y lloramos desde dentro, más, si es un hermano, un padre, una madre quien se muere.

Entrado en remembranzas, en soliloquios, en parentelas reflexiones, recuerdo que mi madre halló en un punto de su vida, que el cine sería su forma de existencia. Me llevaba de la mano, yo a mis tres años, ella gorda gorda y rebosante de espíritu jarocho, al Auditorio Municipal de Coatzacoalcos, donde “Ayer, hoy y mañana” , o alguna película de Audie Murphy, la hacían feliz a ella, a mí o a ambos; nos quitaban el dolor de saber al padre, al esposo, ausente, feliz, irresponsable, ido. Y así se fue cargando mi madre hacia el extremo de las vivencias adoptadas de Hollywood..; llegó al extremo de decir que para qué querría ella ir a Europa, si yendo al cine los domingos vivía en ciudades de antaño, del futuro, de aquí nomás, tras lomita, de allende los océanos…

A sus ochenta años, iba al cine dos o tres veces por semana: lloraba, reía, hacía corajes cuando los filmes eran más sexuales y crudos de lo que ella entendía por romance à la Fred Astaire- Ginger Rogers. a la Clark Gable y damas en cuestión; se indignaba ante películas de crítica, de análisis social, de depresiones psicológicas, decía que para llorar y amargarse la vida, estaba la vida misma, que el cine era para vivir en forma, cual debería entenderse la existencia. Llegó a decirme alguna vez que ella disfrutaba más de un paseo cinematográfico por Madrid, que de un posible viaje real a la ciudad de El Prado y  La Cibeles, que viendo todo desde su butaca del cine, no sufría las aglomeraciones, los arrejuntes, las malas caras de los meseros del Paseo de la Castellana en verano, los malos olores de las fábricas, los mosquitos en la costa de la Riviera Mexicana. “A la hora de los mosquitos, m’ijito, nada como ver el bosque desde la cuarta fila”- decía.

Yo la veo ahora como cuando la veía sentada junto a mí en esas raras ocasiones en que la acompañé al cine. Sonreía, se emocionaba como niño en matiné, reía, agitaba su mano derecha en un mudo grito típico de ella “École!“. Estaba viva. Vivía por el cine, para el cine y en el cine.

Yo quisiera verla ahora aún en una sala. El cine, en su mejor forma, es la expresión de lo posible, del mundo que sentimos que podríamos hacer nuestro en cualquier instante, de la vida que vivimos prestada, a través de los otros. Si hay un más allá -lo cual espero- me la imagino viendo hacia los pasajes más recónditos de la eternidad, con su sonrisa calma, como quien ve un filme, pidiendo también en las alturas, prestada, una existencia celestial, para seguir ilusionada siempre con la fantasía de las imágenes, si no más reales, por lo menos, más perfectas.

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