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Carlos Barajas, un señor pianista, con corazón de piano.

aaaaaaaaaaaaaaSergio PianoLa vida tiene misterios y magias que nos pegan casi a diario. Un brillo en las ventanas, un reflejo de Dios, la risa de un niño cual calavera desdentada, la novia del vecino que lo atrapa y nos hace recordar a la maestra de Francés de Secundaria… Hoy, tarde nublada, mutilada de trabajos y labores, entregada al descubrimiento de palabras olvidadas, de conocimientos archivados, de certezas adquiridas ya hace tiempo, no sé ni por qué, recordé a Radu Lupu. Pianista rumano excepcional, personalidad compleja, elevadísimo nivel musical, de ésos en que las notas y valores pasan a segundo plano, pues la preocupación primera es extraer el real sentido del arte del sonido, de los colores, de las vibraciones, en una recreación de las intenciones del compositor, aunada al descubrimiento de las propias.

Busqué en Youtube videos de él. Entrevistas ha dado muy pocas, le gusta la reclusión, la entrega dedicada a su arte, las conversaciones consigo mismo teniendo al piano como traductor. Volví a escuchar su interpretación del famoso Concierto en La Menor, Op. 16, de Grieg. Lo escuché tocar el primer movimiento de la Sonata “Claro de Luna” de Beethoven. En fin. Me sumergí en recuerdos de Conservatorio. Pensé en Shura Cherkassky, en Sergei Rachmaninoff. Oí la interpretación de éste último a su Segundo Concierto para Piano…

E, inevitablemente, me acordé del Maestro que me dio las mejores clases de piano de mi vida, aquél con quien estudié seis años en el Conservatorio Nacional de Música de México, el pianista que me aaaaaaaaaaaCarlos Barajasenseñó realmente a tocar: Carlos Barajas. Recordé que un familiar, hace un par de años, me comentó que se lo había encontrado en algún lugar y que mi antiguo Maestro le había preguntado por mí, haciendo alusión al hecho de que lo último que había sabido sobre mi persona era aquel famoso episodio de mis aventuras con las mujeres con las que viví y viajé. Ya en esa ocasión, cuando mi pariente me contó sobre su encuentro con él, pensé en buscarlo, pero a veces las intenciones tienen una vida fugaz, a manera de protegernos de los golpes sólidos de nostalgias a las que tal vez no sobreviviríamos.

Dejé pasar el tiempo y olvidé mis ganas de saludar al Maestro Barajas.

Hoy, luego de recordar momentos de sus clases, de nuestras conversaciones sobre Richter, sobre Rubinstein, sobre John Ogdon, decidí buscar en Google qué estaría siendo de él a estas alturas. La noticia de su muerte me sacudió como pocas. Hoy estamos. Mañana no. Los amigos se nos van borrando, si no por deslealtades y traiciones, por la simple muerte. Simple y complicada muerte. Ahí, en la pantalla del ordenador, estaban notas escuetas sobre su fallecimiento hace unos meses; comunicados de Prensa del Instituto Nacional de Bellas Artes en reconocimiento a la labor docente y concertista de Carlos Barajas. Un par de fotos con su cara de niño regordete sonriendo. Supe que murió a los setenta y tres años. Quedé suspendido en una gota del tiempo. Recordé el Recital Beethoven que organizó en la Sala de Conciertos del Conservatorio, con sus tres alumnos más destacados de aquella época: Emilio Lluis tocando una de las últimas Sonatas – y de las más difíciles- del genio alemán, y comentándonos tras bambalinas su apasionamiento por “El Coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez; Rafael Gutiérrez Donadio (no sé si la grafía del segundo apellido es la correcta) tocando la complicada Sonata en Do Mayor, para irse después a algún Sanborns a leerse una novela completa en veinte minutos con su simpática capacidad de lector velocísimo; y yo tocando la Sonata en Re Menor “La Tempestad”. Volví a oír los aplausos de la gente aquella noche, a ver su sonrisa satisfecha de Maestro con corazón de piano, al felicitarme por mi interpretación. Me sentí orgulloso de nuevo. Pensé en sus clases brillantes, exigentes. Escuché sus reclamos, regaños, diatribas y consejos. Lo vi de nuevo en aquel salón número veintisiete del lado derecho del Conservatorio, hasta el fondo del pasillo, poco antes del Taller de Composición. Lo sentí otra vez sentado a mi lado, viéndome tocar el Concierto Italiano de Bach, la Sonata “Pastoral” de Beethoven, diversos Estudios de Chopin, el  Estudio Trascendental Número 8, en Do Menor “Wilde Jagd” (Caza salvaje) de Franz Liszt (con el que gané uno de los primeros premios en el Concurso Yamaha para Pianistas en 1973, de donde es la foto en que aparezco tocando al inicio de esta entrada), dándome él las mejores clases de piano, de música, de mi vida.

Si la existencia de Carlos Barajas no hubiese quedado plenamente justificada por su talento musical y sus interpretaciones pianísticas cargadas de emoción, intensidad, dolor y coraje, en una precisa ejecución de las ideas de los compositores románticos que tanto le gustaban, bastaría decir que supo hacer de muchos de nosotros, verdaderos pianistas, en donde apenas había nubes de sueños confusos y esperanzas artísticas. Sus conflictos interiores, su amor por la belleza, su pasión por la mujer, hacían de él el artista perfecto, el pianista que todos sus alumnos queríamos llegar a ser.

Hoy, seguro, me dormiré escuchando en las paredes de mi mente, su interpretación de la “Appassionata” de Beethoven, como cuando la tocó para mí en medio de una de sus clases, oiré los balbuceos que hacía en las partes más intensas, veré sus labios echados hacia adelante como en un intento de soplar un instrumento de viento, de besar la música…

Sabré que Carlos Barajas vive, como en mí, en el recuerdo de muchos, los que nos convertimos en mejores, mucho mejores músicos, Gracias a Él.

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TWITTER

  1. septiembre 27, 2013 a las 2:30 am

    Descansé en paz Carlos Barajas.

  2. E
    octubre 24, 2013 a las 5:33 am

    ¿Dónde anda?

    • octubre 25, 2013 a las 4:54 pm

      Redefiniendo mis parámetros estéticos… reevaluando mis expectativas profesionales…viviendo…viajando…siguiendo mi vocación escondida de chef cuisinier… (Es un gusto saber de ti de nuevo…)

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