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LAS PLAYAS MEXICANAS, LLENAS DE GORDAS Y DESVENCIJADAS.

Un tweet, de ésos por ahí perdidos, descubierto en la árida madrugada de insomnio del IMG_2006Viernes Santo, me ha hecho reflexionar seriamente sobre el cuerpo de la mujer mexicana. El tweet en cuestión -de algún despistado que confesaba andar de vacaciones- decía que estaba ya por el Golfo de marbellaMéxico, por Veracruz, y que en la playa sólo veía puras viejas gordas. La frase y el concepto cayeron en mi cerebro con más contundencia y redondez que la manzana a Newton en su día de campo inglés.

Recordé los esbeltos y bien formados cuerpos de las nórdicas, germanas y anglosajonas que vi muchas veces en las playas de la Costa de Oro, en Marbella, Torremolinos; en las de la Costa Brava, y en Ibiza; pensé en las ipaneama beach 2hermosas y saludabilísimas colombianas, venezolanas, dominicanas y cubanas que se dejan ver por las playas de Florida y en las tiendas de Coconut Grove. Recordé las brasileñas… Dios! Las brasileñas hermosísimas y esculturales que encuentras  por montones cualquier mediodía de la semana en Copacabana e Ipanema…

Y un pensamiento terrorífico me asaltó:

Dónde están en las playas de México las mujeres hermosas mexicanas?

Recordé Puerto Marqués, Caleta, Caletilla, Pie de la Cuesta… Barra de Potosí, Zihuatanejo playa manzanilloe Ixtapa, un poco más al norte, en Guerrero… Manzanillo, en Colima… Puerto Vallarta, en Jalisco… Bucerías, Punta Mita, Sayulita, Peñón de Guayabitos y Peñita de Jaltemba, en la Riviera Nayarita…

Desesperada mi memoria por la alarmante ausencia de recuerdos de cuerpos estéticos de bellezas curvilíneas mexicanas en las imágenes mentales que iba yo recuperando, di un giro desesperado y comencé a recordar playas del Golfo:  Tampico, Veracruz, Coatzacoalcos,puerto vallarta Ciudad del Carmen, Isla Aguada, Sabancuy… Champotón… Campeche y, ya francamente aterrorizado, pensé que, hablando de mujeres mexicanas nativas, autóctonas, en las playas de México, sólo recordaba yo -como el twitero de la madrugada- viejas gordas… 

Desproporcionadas, nalgonas -pero de ese nalgón agresivo, africano y globoso, no sensual-, fodongas, celulíticas, sin busto o con el busto caído, piernas flacas, chuecas… En dónde? En dónde carajos están las hermosas mujeres mexicanas en las playas de México?

Sólo se me vinieron a la mente algunas posibilidades, porque de que hay mujeres bellas, bellísimas, en México, las hay. Será que en Semana Santa no les guste ir a la playa? O prefieran marival playa puerto vallartabañarse de noche y de madrugada? O tal vez estén en los yates de los millonarios… en las playas privadas… en las boutiques transnacionales de marca… o en las piscinas de los selectos resorts?

Eso ha de ser. Porque, seguro: entre las olas orilleras y espumosas de las playas multitudinarias, en las palapas de fritangas, junto a los movedores de pancita y en las aglomeraciones sobre la arena entre los vendedores de sombreros de palma, baratijas de carey y camisetas con anclas, delfines y tiburones… ahí, no están.

 

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De cómo el cine nos transforma la vida, y las angustias de un escritor.

septiembre 7, 2013 4 comentarios

IMG_2712Vuelvo a escribir en este blog de irregulares pasiones encontradas. Hacía un buen tiempo que no escribía. La razón, simple: me hallé en una encrucijada de caminos intergalácticos y preguntándome por dónde habría uno de coger para llegar a la nobleza de espíritu (lo cual era ya, en sí, una idiotez: no existe algo así como “la nobleza” de espíritu, revisen significados y etimologías; y , en veces, se me figura que eso del espíritu fue sólo una buena broma de Platón, y de ahí no pasa).

Decidí que escribir era oficio de tontos, aunque -claro- cuando se escribe como Thackeray, como Proust, como Cheever, es oficio de genios; pero sólo porque ellos escribían luego, o a la par, de vivir, y no como substituto de esto. Los que no consiguen caminar por una calle oscura y forjarse la realidad en ese momento, abordar a una chica, conseguirse un amigo, confiar en los sabuesos, y sustituyen todo ello con una ensoñación que, para colmo, tratan de conformar a la manera de los literatos dándole un cierto estilo emocionante, estético, las más de las veces pretencioso… esos son tontos que suponen ejercer el oficio de escritor. De modo que lo que terminé por rechazar fue ese ejercicio de la escritura que se vuelve obsesivo, indispensable, sustituto, escape. Vargas Llosa ha dicho que se debe escribir cada día, con disciplina, con esmero, sin importar el tema ni la romántica inspiración; simplemente escribir, para no dejar de hacerlo, para convertirlo en hábito, para mejorar al escribir, para ser “escritor”.

Yo he llegado a la conclusión de que eso de los oficios es capcioso, falaz. Coincido con León Felipe, el que dijo que para enterrar a alguien cualquiera es bueno, menos un enterrador. Quiso decir que aquél que hace las cosas de oficio, de manera automática, constante, se vuelve insensible a los aspectos más vivaces y sensibles de su oficio. Acaba el enterrador enterrando al muerto en medio de silbidos y balbuceos melódicos inconscientes, sólo por el tedio de hacerlo ya por costumbre, por error. No hay como la solemnidad al abordar un acto. El bautizo en un oficio, en un deporte, en una acción, nos hace solemnes, obedientes seguidores de los ritos, perfectos para la ejecución del acto, pues lo respetamos como quizá ya nunca volvamos a hacerlo. La costumbre le quita la solemnidad hasta al fabuloso acto de acostarnos con nuestra esposa -aquélla que fue un sueño, y que dejó de serlo.

Así que difiero de la opinión del inteligente nobel peruano. Para mí, aquél que quiera ser escritor, debe escribir lo menos posible. Lo que sí debe es… vivir. VIVIR. Con mayúsculas. Amar, romper, reír, llorar, viajar, pelear, llegar, salir, volar… Vivir. Y, de cuando en vez, escribir. Sólo cuando le dejen tiempo los paseos en bote, en lancha, en submarino; las pláticas con Emilia, las lecturas de Brahma, los versos de Guillén, las idas a Catemaco, a Zihuatanejo, al baño…

Hoy, que he descansado de mi maravilloso oficio de vivir y la tarde me ha dado un respiro de emociones carreteriles, callejeras, me he sentado frente al ordenador para ejercer mi oficio, ése que desde mis cinco años me hace tratar de narrar los pensamientos que la realidad me impone. Y he comenzado con esta reflexión.

Mañana, si la vida no me atrapa de nuevo entre sus piernas amorosas, escribiré sobre lo que fue la primera de las intenciones de esta entrada: el cine, el cine que nos transforma la vida.

Vale.